Sobrevivir a Jordi Cruz

Hace unas semanas Rubén Amón, periodista de ‘El Mundo’ y otro tertuliano más, se desahogó en un artículo de la frustración que le supuso ver como el todopoderoso Pérez-Reverte se llevaba la cola más larga para firmas en la Feria del Libro de Madrid una tarde en la que solo consiguió vender 47 ejemplares, que no está mal. Aquel artículo lo tituló ‘Sobrevivir a Pérez-Reverte’. Quizá presionado por un ansia personal o un editor exigente, Rubén Amón redactó esta opinión antes de tiempo, pues no esperó a ver la cola que generó Jordi Cruz. Entonces las cosas hubieran cambiado, entonces sería algo como ‘Sobrevivir al guaperas de Masterchef’.

            La cola, más larga que el último nivel del ‘snake game’, se componía sobre todo de niñas, preadolescentes, adolescentes y mujeres ávidas de contacto físico con algo mejor que su marido. En resumen, la cola era una pasarela de libros de recetas sin leer pero con la radiante cara de Jordi Cruz en la portada; y para colmo, lo más probable es que después de esperar dos horas, la firma, el beso y el selfie, acabarían todos en algún McDonalds o Burger King. La Feria del Libro de Madrid reúne a los best-sellers, a los que venden algo, a los que van a probar suerte y a los que ni su madre les conoce. La estadística relaja un poco, se ha comprado un 6% más que el año pasado, pero esto sin duda se lo deben a Auron Play, que con un libro carente de palabras, generó otra cola que recorría media feria.

            Juan Manuel de Prada llevaba sentado 15 minutos con un brazo cruzado y otro sujetando el morro torcido que tenía en la cara. La gente pasaba sin mirarle y él alejaba la vista hasta la cola de María Dueñas, que permanecía atenta y alegre con sus lectores, posando en fotos, disfrutando de la gloria que suponía ver su stand cada vez con menos libros. En el lado político, solo José Bono sonreía desde la distancia a quienes le hacían fotos pero no se atrevían a tocar su libro, manteniendo la compostura y esa pose de exministro que quedaba bien en las portadas. Juan Carlos Monedero, aun vendiendo un libro sobre ensayo de política básica que no entendía ni el librero, tenía sus fans, sus fotos, sus “buena suerte ahora que eres libre”. Lo que hace la política, o te hace vender, o te vende.

El desalojo del yo

Me he perdido, he dejado de ser un lugar donde refugiarme.

        Me he deshecho de todo cuanto he amado, de todo cuanto he odiado, y me he vuelto eternamente débil, sin ganas de renacer, arrojado al infinito abismo de la soledad. Vivo presenciando el devenir de mis días. Soy un cuerpo inestable flotando en una sociedad intransigente con la tristeza, huidiza del dolor que la deshace por proyectar una amarga sonrisa que amueble nuestra cara. Mis ojos presencian figuras abstractas caminar a mi lado, vacías de alma, de amor, perdidas. Subyace la catástrofe del mundo y pone fin a la utopía del bienestar. Nos hemos atragantado en una vida de desconcierto.

            Me he abnegado a este ritmo frenético de la ciudad, he viajado por impulsos, aferrándome a la posibilidad de sobrevivir en esta marea de fallida felicidad. He anulado la voluntad que antaño cortaba el viento que me arrastraba, y he dejado de ser algo, revocado por la conciencia contaminada de este yo que se marchita con su alrededor. He banalizado mi historia hasta límites grotescos, edificada por la subjetividad del lenguaje que ardía lento y equilibrado en mi boca. La pereza explica la desazón por explicar, y he decidido no argumentar mis actos, presenciar el fracaso de mi ser, vivir por el simple hecho de vivir.

El tren de la esperanza (II)

Marta está visiblemente nerviosa, se frota las manos con fuerza mientras recorre ese pequeño vestíbulo que da entrada a los asientos del vagón. Se gira y le da al botón de cerrar puertas, no se cierran, da otra vuelta sobre si y le vuelve a dar, pidiendo entre suspiros que el tren salga ya de la estación y poder así lanzarse a hacer lo que tiene que hacer lo antes posible y sin avergonzarse mucho. A su quebrada voz le cuesta imponerse sobre el murmullo de la gente, que solo se acaban callando cuando comprenden que alguien va a humillarse un poco explicando su mala vida por unas monedas. Vive en un cuarto alquilado por 300€ mensuales en Fuenlabrada, y le quedan pagos pendientes. Tiene 2 hijos, una niña y un niño, y por ellos busca su salario ente vagón y vagón. Está sin trabajo y jura por Dios que antes de estar allí alzando la voz ha buscado hasta debajo de las piedras algo que le permita subsistir de mala manera. Su discurso no ha convencido, recoge unas pocas monedas entra las miradas esquivas de la gente y se baja en alguna estación del recorrido.

        Cinco minutos después Laura aparece de la nada, se planta en medio del vagón y pide perdón por quitarles a los viajeros unos minutos de sus intranscendentales vidas. Asiente con la cabeza y dice “soy otra más”, en clara alusión a Marta, a la que había escuchado desde algún rincón del vagón. Ella es más explícita con su situación, nos da su DNI, como queriendo que comprobáramos en alguna base de datos portátil metida en los bolsillos cómo de crítica es su situación. Tiene 3 hijos y dice que tienen una muy fea costumbre, le piden de comer cada día, y por mucho que ella les explica que eso no puede ser ellos no quieren entenderlo. Vive en la calle, el “señor juez” un día decidió desahuciarla por impago de su vivienda, y está desempleada. Ella era profesora de educación social, interina, y hasta no hace mucho era quien daba las monedas desde el asiento a quienes lo necesitaban. Las lágrimas le van rompiendo la voz, se acuerda de sus hijos, mira de un lado a otro mientras agarra con fuerza un pañuelo en la mano derecha, todo su discurso es pausado. No pide solo dinero, ni alguna oferta de trabajo, ella sube a los vagones, rompe el equilibrio de armonía entre los pasajeros, solo porque necesita que alguien la escuche, necesita que la comprendan, que hace lo que hace porque en situaciones extremas el ser humano olvida la vergüenza y la deshonra por el simple hecho de subsistir. Un silencio anómalo recorre el vagón, todos la miran, ha conseguido convencer y hasta algunos chavales le dan monedas. Se baja en la siguiente parada, cambia de tren y sigue contando esa realidad subyacente que no se aferra a la datos macroeconómicos ni primas de riesgo. Mañana volverá a ‘trabajar’.

La fotogenia del runner

Hace algún tiempo, cuando todavía me regodeaba en la incredulidad de las redes sociales, usaba Twitter como un escaparate de mis escasísimas actividades deportivas, entre las que se encontraban darle 3 vueltas al parque a un ritmo que me permitiera terminar sin lamer con ansia el oxígeno del aire. Tuiteaba en alguna ocasión mis precarias salidas con las zapatillas puestas en un vano intento de demostrar que por lo menos me mantenía en forma. 2,3 kilómetros, un perro casi me ataca, dos patos fornicando en medio de la pista de atletismo urbano. La tontería tuvo su final, pero no para el resto del mundo.

            El runner de hoy en día agarra el asfalto con media sonrisa inexplicable, al igual que unas innecesarias ganas de quemarse los pulmones de buena mañana. Discurren por la ciudad y los parques como si pretendieran esconder en esa actitud de deportista de élite un fin optimista que les hace, simplemente, correr porque quieren. La salud hay que cuidarla, te responden. Y acabas por no fiarte mientras les ves pasar a tu lado con media tienda de Nike y otra media de Adidas encima, flotando, elevándose, qué sé yo, sobre unas zapatillas Air Fly Structure Flex Neutral GT-3000 más el nombre de algún dios mitológico.

            Guille (mi compañero de piso) y yo lo hemos intentando. Él, probablemente, obligado por su novia; yo, quizás, movido por la imperiosa necesidad de volver a encontrarme con dos patos fornicando. A las dos esto de correr por gusto nos ha durado dos salidas a la esquina del barrio y media vuelta que empezaba a ponerse seria la cosa y no estábamos para maratones.

            Los runners llevan consigo esa exigencia vital que les obliga a mediatizar sus carreras echándose una foto en la meta o una captura de pantalla a aquella aplicación del móvil que les ha seguido por GPS en sus 10 kilómetros o 10 metros de travesía. Parece que ya se vislumbra esa razón que les lleva a correr negando su instinto de supervivencia y con las entrañas a punto de explotar. El runner y la runnera de hoy en día prenden el camino con una velocidad estándar, pero con los brazos en alto todo el tiempo, marcando chulería como Usain Bolt en la final olímpica de los 100 metros lisos en Pekín, golpeándose el pecho mientras anuncian por el camino que pondrán ver la repetición de sus hazañas más tarde por Instagram.

La política no entiende de poesía

Ustedes no se imaginan lo que supone abrir el buzón de correos, sacar las postales de la hipoteca que te dedica cada mes el banco y entre ellas encontrarte con ese ensayo de sonrisa de Ángel Gabilondo que le tuvo que costar jornada y media al fotógrafo de turno sin tener del todo claro si iba a salir bien o no. Gabilondo tiene la cualidad de no meterse en espectáculos mediáticos, demasiado sobrio en las formas como para dar carne fresca y de calidad a una audiencia ávida de peleas entre candidatos. Dicen los ‘intelectuales’ de Madrid que hay que votarle, porque sigue existiendo ese término de intelectual y sigue existiendo esa forma pública de decantarse por un candidato que obtendría más votos si se quitara esa lastra de marca que el PSOE un día le plantó en la piel, aunque no se afilie.

             A Cristina Cifuentes, desde que supe que guardaba como centro de mesa en su despacho cascotes y pequeñas piedras del paseo de Recoletos que se utilizaron como proyectiles contra la policía durante la manifestación del 22M, la miro con otros ojos. Hay que tener cojones, de esos que dice que no paran de tocárselos sistemáticamente cuando es políticamente correcta. También hay que admitirlo, el dedazo de Rajoy ha resultado óptimo, pues Cifuentes no tiene áticos sospechosos ni cargos de confianza ocupando cárceles que ellos mismos inauguraron. La estrategia es simple, desmarcarse de la política de los populares que hoy impera (por siete días más) la Comunidad y la Alcaldía de Madrid.  Pero que el PP ganara en Madrid tendría dos lecturas posibles: a la mierda la corrupción, las cosas están bien como están; o que Aguirre vestida de chulapa tiene más efecto del que creíamos.

            Un día me encontré a Luis García Montero apoyado en una pared de Malasaña, con aires de poeta abandonado, y creo que allí sigue, esperando a que le lleguen los votos de una forma u otra. Él tiene un modo peculiar de hacer política, que básicamente consiste en no hacerla. Izquierda Unida se gastó con él la última bala de dignidad antes de darse cuenta de que no serviría ni como oposición. Lo bueno de no llevar programa político, o al menos de no defenderlo, es que luego nadie te echará en cara que no lo hayas cumplido, y así te puedes dedicar a reunir a viejos amigos, tránsfugas culturales que anidan de partido en partido cuando les conviene, en un concierto por la prosperidad de una ideología que se fragmenta, nada nuevo. Algunos siguen sin darse cuenta de que Madrid no se gana, y menos todavía se gobierna, a base de versos.

Mumford and alternative

Dos años y medio después de publicar su último disco, Marcus Mumford abrió la puerta del granero donde ensayaba su banda en algún lugar indeterminado entre Tennesse y Londres. Reunió al grupo en torno a él y como si de una readaptación rural de Blade Runner se tratara, anunció lo siguiente: “Chavales, – o guys, como prefieran ustedes- he viajado por medio mundo, he oído cosas que vosotros no creeríais y he tocado la guitarra con una versión no maquillada de Johnny Depp”.

            Winston Marshall, que ya estaba viendo al gato encerrado del asunto a millas de distancia, puso cara de circunstancia, como Brad Pitt cuando algo va sumamente mal y masculla entre dientes un ‘joder’ mientras pone una mueca de asco. Marcus Mumford continuó con su homilía: “Quiero volver a grabar un disco y, esta vez, vamos a cambiar el estilo”. Al fondo del granero se oyó una cuerda de guitarra restallar, como presagiando el libro último del Nuevo Testamento. Winston Marshall empezó a liarse un porro bien cargado.

            “Quizá no os convenza la idea, pero somos británicos, y nuestra música tiene que sonar como suena toda la música británica, pero sin olvidar nuestra esencia”. Winston Marshall miró al techo y se paró a meditar cinco segundos, a continuación cargó un poco más el porro. “No vamos a olvidar el melodramatismo de nuestras letras, pero ya va siendo hora de que experimentemos con algo novedoso, que dejemos el folk rock y nos metamos a construir caminos nuevos”. Ben Lovett y Ted Dwane se miraron entre sí, fijamente, como si sus miradas fueran el filo de un acantilado por el que estaban a punto de precipitarse.

            Marcus Mumford prosiguió durante cinco minutos su discurso alegando argumentos que no paraban de descarriar en las mentes de los guys que tenía delante. “¿Qué os parece?, ¿probamos?” Winston Marshall encendió finalmente el porro dando una profunda calada, dejando que la fina línea de fuego se acercara lentamente a sus labios. Ted Dwane y Ben Lovett lucharon contra el silencio de sus bocas intentando contrarrestar con un “eeeh, are you sure?” Marcus Mumford, visiblemente afectado por la escasa reacción de sus compañeros, dijo lo siguiente: “Mirad, me da igual, el grupo tiene mi nombre, así que vamos a hacer lo que a mí me dé la gana”

Aquella noche Winston Marshall enterró en la parte trasera del granero su preciado banjo.

El día que cagué en el Café Gijón

Madrid guarda algunas cosas que perduran, y otras que no. Los madrileños no aguantan las obras en el centro, pero el ayuntamiento requiere las sonrisas necesarias para la mayoría absoluta, así que patas arriba. Madrid fosiliza el tiempo entre sus calles y allana la pureza de sus fachadas con grafitis rupestres; se imaginan a Bansky pintando lo que piensa de España. Pared nos faltaría.

          Subo Cava Baja, o bajo, los Austrias mataron los GPS. Lucio tiene esa sonrisa de oro con la boca semiabierta que tanto le caracteriza, como si a lo único que faltase por darle una placa fuera a sus dientes.

         Llego a Sol y cruzo Montera. Las putas siguen ahí. Me encanta mirarlas, pero no me malinterpreten, es puro vicio volado por verlas ahí plantadas, con aires de libertad, sin ataduras, sin chulos que las vigilen, como si fueran autónomas y cotizasen. Quizá Esperanza Aguirre vaya a abrazarlas para echarse una foto imprevista y prometerles algo.

        Bajo Gran Vía y recuerdo a todos los famosos que me he encontrado por ahí. El escaparate de celebritis sin maquillaje más grande de Madrid. Dicen que Almodóvar no se detiene para una foto, él sigue, pertrechado en sus gafas de pasta negra, con media sonrisilla en los labios porque intuye que no le han reconocido. Algunos tienen prisa, otros te firman la primera venida de Parkinson que tengan sobre un folio. Me acuerdo de Masiel, bajita y gorda, arramblando media Gran Vía a su paso como una bola de demolición jubilada.

       Llego a Recoletos y mis ojos se escapan al Café Gijón, dice Alicia que cuando haga algo grande me invitará a comer allí. A veces he pensado que en Gijón hay que entrar con dos carteras, no sea que te sientes en el mismo sitio donde Umbral posó su culo y te cobren dos euros por ello. Tengo que admitirlo, los escritores han mitificado Madrid; Jabois dice que esta ciudad pare un nuevo Umbral cada año, pero nadie consigue seguirle la pista al cronista de la capital, más vivo en muerte que en vida. Se ahorca un retrato suyo en una pared del Café mientras Cela le mira con recelo, batallando desde el más allá para ver quién hizo más por estos metros cuadrados de cafetería con la arqueología de las palabras por armamento. El sumiller de ciento dos años se pasea desorientado y en los baños reluce el mismo mármol apagado que vio Truman Capote cuando le invitaron al Café. Sentarse en aquel trono ilustre era otra historia que a alguien le ha quedado por narrar; es mágico, diferente, como si fueras a cagar una mierda vanguardista. La cuenta ya no te hace tanta gracia.